A la caza de la becada

Saboread esta historia de becadas de las tierras de Bretaña.
Becadas y agachadizas en

"La última jornada de caza de la temporada"

Había llegado el final de la temporada. Era nuestra última oportunidad de vivir las emociones de la caza de la becada. Bretaña se había visto azotada por diluvio tras diluvio en enero y febrero, tanto que todos los ríos iban a rebosar ocupando la portada de todos los periódicos. Desde la carretera veíamos que las praderas y campos de Maine y del Loira eran ahora auténticos lagos. Pero esto no nos suponía ningún problema porque el macizo forestal donde íbamos a cazar estaba sobre una meseta. Disfrutamos de un tiempo radiante bajo el frío sol de febrero.
La primera hora de caza dejó mucho que desear. Los perros no habían detectado el menor rastro de becadas. Estábamos al final del último tramo del bosque, antes de la gran zona talada, Jacques y su pointer en el linde sur y Porte-Plume, mi joven labrador, y yo en el linde norte.
De pronto, Jacques me llama desde el otro lado del sotobosque. Me acerco y consigo descifrar su mensaje: "¡ven, rápido! ¡Jasper ha parado!" "

Me señala un amasijo inextricable de troncos de los pinos tumbados por la tempestad de 1999, en el que me parece distinguir la mancha blanca del pointer . Jacques, que ya ronda los 75 años, decide quedarse en el linde y mandarme a por el perro. Cuando por fin llego a la altura de Jasper, suelto a mi labrador, que desaparece entre los troncos. En ese momento oigo la fricción del aire y percibo un movimiento entre dos troncos caídos, pero no puedo disparar. Las becadas, pues eran dos, pasan el linde a ras del suelo para luego remontar hacia el cielo en mitad de la planicie. Jacques no las ha visto pasar.

Tras seguir con la mirada el vuelo de las dos becadas a través de la planicie recién talada, veo que la primera se posa en mitad de la zona talada y la segunda en el linde, al pie de dos característicos pinos que, medio arrancados por el viento, parecen dos cocoteros a la orilla de un lago de postal. Jacques decide atravesar la zona talada, en la que jamás cazamos, mientras que yo prefiero andar a lo largo del linde hacia los dos pinos inclinados. ¿Quién sabe? Quizá de camino haga levantar el vuelo a otra becada ?
Estoy a mitad de camino cuando oigo a Jacques gritar "¡muestra!" seguido inmediatamente de un "bang-bang" ...
¡Qué rabia ! Normalmente soy yo quien tiene suerte. Yo continúo mi búsqueda... pero más gritos, a los que hago oídos sordos, vuelven a resonar... ¡bang-bang! ¡Me pone de los nervios! ¿Quiere dejar de fallar de una vez?
De nuevo reina el silencio cuando de pronto oigo el sonido de los sonoros besitos característicos de la agachadiza común. Levanto la vista y veo una bandada de avecillas rayando el cielo sobre la planicie. Me entra la intriga, pero decido no cejar en mi búsqueda. Cuando llego a los dos pinos, hago trabajar a mi perro en círculos concéntricos. ¡Nada! Ni rastro, mi labrador no da con la becada.
Mientras tanto, Jacques sigue con su afán, gritando y disparando cada cuatro minutos. Desilusionado por no encontrar mi becada, decido reunirme con él .

La planicie talada el año anterior parece un campo de batalla. Los tractores han dibujado en ella profundos surcos, llenas de agua y los tocones, cubiertos de helechos y quebrados por la helada, son obstáculos traicioneros que me hacen tropezar a cada paso.
Por fin alcanzo a Jacques, que está muy alterado.
¡Ni te imaginas! - me dice - Hay agachadizas y agachadizas sordas por todos lados. Mira, Jasper ha vuelto a parar.
Paralizado en una incómoda postura, con la nariz vuelta hacia un lado, el pointer apenas se movía. Mi jovencísimo labrador le rodea pero no consigue oler nada. Jacques avanza, pasa delante del perro y pisotea el borde del surco hasta que una bola de plumas surge de la nada. La "sorda" se me abalanza, me pasa sobre el hombro, se vuelve detrás de mi espalda y vuelve a pasar cerca de Jacques, volando como una mariposa embriagada de sol. Ambos fallamos entre risas. Unos pasos más allá, una agachadiza sale disparada hacia el cielo y da un rodeo, pero la consigo abatir en pleno vuelo.
Es la única jornada, que recuerde, en la que Plume, mi labrador, no estuvo a la altura. Por supuesto que daba cuenta de todos nuestros pájaros, pero fue incapaz de muestrear una mísera sorda, ni siquiera de hacerla volar cuando Jasper paraba. A sus dieciocho meses era demasiado joven e inexperto, de eso no hay duda, por que después de aquello se convirtió en el mejor. Sea como fuere, aquel día había en la planicie decenas de agachadizas y aún más sordas. Las que fallábamos iban a refugiarse al otro lado de la zona talada, que se extendía unas 300 hectáreas aproximadamente.
A base de disparar, estaba corto de cartuchos. Sólo me quedaban tres cuando alcanzo a una agachadiza del segundo tiro, y cae a unos 70m sobre un tocón del que no aparto los ojos.

Precedido de Plume, que se mueve con más comodidad que yo entre las traicioneras zanjas, corro como buenamente puedo hacia el tocón. Yo aún estoy a unos treinta metros cuando Plume alcanza el lugar de la caída.
¡Rayos y centellas! Mi avecilla vuelve a levantar el vuelo.
Me paro en seco, me coloco la escopeta al hombro, mi mirada escruta su vuelo...
¡Pero si no es mi agachadiza! ¡Ésta es mucho más grande! ¡Por los cielos, si es una becada! - me digo mientras sigo su trayectoria con la escopeta. Disparo y el ave cae.

Era mi último cartucho. Había culminado aquella mañana maravillosamente.
En mi morral 12 sodas, 5 agachadizas y una becada.
¡Nadie hubiera soñado con un cierre tan prolífico!
Huyendo de las inundaciones, las agachadizas de Brière y de orillas del Loira habían venido a refugiarse a la "zona seca" de nuestro bosque bretón.

Cyrille Jubert

Reproduccion : pintura de Becada en bodegones
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El refugio de las becadas