A la caza de la becada

Esta historia evoca el recuerdo de mi primer labrador, Drakkar, que en la segunda mitad de su vida se convirtió en un excelente perro de muestra. En su día, esta historia apareció publicada en la revista "Bécasse Passion", pero con las ilustraciones de otro artista. Aquí podéis ver las mías, que reflejan mejor el terreno en cuestión, situado cerca de Dieppe. (Noviembre 2005).

Historia de un labrador a la caza de la becada.

"El muestreo en imágenes"

Podía sentirlo: el sábado sería el gran día que había estado esperando, el día del gran pasaje. Avisé a mis amigos en el último momento pero ya tenían otros planes. Bueno, qué se le va a hacer, o casi mejor incluso, así cazaría solo con mi perro. Llegamos al amanecer y busqué al guarda para lanzarnos al "monte pequeño" lo antes posible. Empezamos por los arbustos del talud. Trescientos metros de densos zarzales de 5 a 6 metros de ancho donde la semana anterior habíamos matado una becada.
A los cien metro, Drakkar, mi labrador, se pone en muestra paralizado cual vara de hierro.

¡Sí!¡¡Mi labrador muestreando!! Por otra parte, por qué creéis que ahora siempre llevo mi cámara de fotos al cuello cuando voy a cazar... pues para poder aportar pruebas a todos los incrédulos de "si no lo veo no lo creo" que se burlan por lo bajinis cuando pongo a mi perro por las nubes. Y ésta era la ocasión soñada. Poso mi escopeta para intentar encuadrar a mi perro dentro del objetivo empañado por el frío... hace -3º C ni más ni menos... ¡Pero ay! Estoy dos metros por debajo del nivel de mi perro, y lo único que puedo inmortalizar desde mi posición es el culo de mi perro en contrapicado y su cola tiesa apuntando al cielo... ¡estaréis conmigo en que no podía ser aquello menos estético... !

 

Renuncio a la foto y vuelvo a coger mi escopeta. Animado por mi voz, Drakkar se adentra entre los zarzales más densos. Pero no consegue nada. El pájaro le esta jugando una mala pasada al olfato del perro, que tras 5 minutos renuncia y sale desalentado con la cabeza llena de espinas. Treinta metros más allá, Drakkar vuelve a parar ante un ramo de espinas negras. El perro está de perfil... la foto perfecta. Para encuadrarle mejor, decido acercarme un poco, así que escalo el talud con las zarzas a la altura del muslo. Y justo en ese momento la hermosa "dama del bosque" decide escapar de su refugio y lanzárseme directamente a los ojos. Suelto mi cámara a su suerte y agarro la escopeta siguiéndola con la mirada. Pero tengo los pies enredados en las zarzas y no puedo darme la vuelta. De todas formas saludo a la fugitiva sin la menor esperanza de resultados. Con el alboroto me quedo compuesto y sin la foto de mi perro en muestra con la hermosa becada. Pero los dos muestreos son prometedores y seguro que no faltarán ocasiones más delante de conseguir una bonita instantánea...
¡Pero ay ! Las dos horas siguientes echan por tierra nuestras esperanzas. Cuando por fin llegamos a la cima del monte pequeño, ninguno abriga esperanzas ya. Drakkar juguetea con los conejos en las zarzas y yo juego a los foto-reporteros. En el linde, unos magníficos acebos florecen bajo el sol invernal que se filtra en el sotobosque.
Tras posar mi escopeta a los pies de los acebos, me dedico a hacer algunas fotos de sus ramas cubiertas de bayas rojas y de lustrosas hojas que reflejan la luz. Luego me pongo a cuatro patas y tomo algunas instantáneas del suelo cubierta de hojas caídas bajo los acebos, para el día en que me dé por pintar una becada cazada. A decir verdad, sin gafas y con el objetivo empañado, me cuesta horrores enfocar. ¡Pero no importa! Sólo busco una foto de ambiente, una paleta de colores para mis acuarelas. De pronto, un pitido salido de mi cámara me anuncia que acabo de acabar el carrete. Me levanto accionando el rebobinado automático del carrete. A toda velocidad, se siguen el silbido agudo del motor de rebobinado, una serie de sonoros chasquidos, el "fru-fru" característico de una "dama del bosque" que levanta el vuelo y un grito sobresaltado: "¡becada!¡becada!!!"
Ah... ¡podría contaros una bella, bellísima historia! Podría contaros que la becada salió de entre el acebo que estaba fotografiando de rodillas... ¡pero no! Mi becada estaba exactamente en la boca del cañón, en la punta de mi escopeta, que estaba a apenas dos metros, posada sobre la tierra y que casi desaparecía bajo el acebo. Era un hermoso acebo, quizá más que el que acababa de fotografiar. ¡Y que no lo haya elegido! Y para más INRI... no os lo vais a creer... Drakkar, cual estatua de mármol, inundado de sol magníficamente a contraluz, está paralizado en muestra en ese mismo instante... pero claro, como ya sabéis, no tenía más carrete. Pero os lo garantizo, mi labrador sabe muestrear.

 

Reproduccion : pintura de Becada en bodegones
El refugio de las becadas

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